viernes, diciembre 19, 2008

Riedemann y la poesía lárica

Clemente Riedemann. Fotografía de Eugenio Muñoz (2008)
Entrevista de Antonia Torres
____________________________________________ El espacio de la poesía del sur de Chile es recurrentemente asociado con este concepto. Hay un mito surgido desde la gente que no habita el sur acerca de que la poesía escrita en este territorio es lárica en general. Más o menos, tardía o nueva o actual, para los autores que escriben en el sur es difícil quitarse el mote por el sólo hecho de habitar aquí.
_____________________________________________ ¿Cómo definirías tú el concepto de lo lárico?
El primer concepto que internalicé es el que dice que se trataría de “la poesía de los lares”, es decir, de los lugares, del territorio natal, digamos. Y, por supuesto, de la cultura vinculada al lugar donde uno nació, creció y vivió parte importante de su proceso formativo como intelectual. En resumen, el espacio material y simbólico donde uno configuró su weltanschaaung. La mayor parte de estas tentativas -que yo llamaría de marginación- parecen más bien considerar la sola dimensión geográfica -casi siempre asociada al estereotipo del provincianismo bobalicón o cuando menos tradicionalista o conservador- y evitan adentrase en la dimensión cultural, que es, en mi opinión, la que resulta decisiva. Ahora bien, encuentro que esa comprensión de lo lárico no dice nada, porque resulta obvio que cualquier poeta en cualquier lugar del mundo parte escribiendo sobre las cosas que conoce mejor, que es su territorio de origen y sus personales experiencias de vida, para luego adscribirse a teorías o perspectivas internalizadas intelectualmente a través del proceso formativo, donde se suma a lo que está circunstancialmente en boga. A esto que está de moda –en Europa o los Estados Unidos, los lugares donde se doctoran nuestros académicos- suele llamársele vanguardia. Observo que ese es el proceso que hacen la mayoría de los creadores en todas las disciplinas. Parten desde obras surgidas de percepciones de realidad locales y pragmáticas y a partir de ellas van incorporando elementos de la teoría, de la fantasía, de la imaginación o de la ficción o de cosas que ocurren en otros lugares. En una fase posterior, en la madurez intelectual, sobreviene la preocupación identitaria en procura de la definición del código lingüístico personal. He observado que en ese momento se vuelve al origen y se recupera, bajo otro prisma, ahora complejizado por conceptualizaciones y nuevas experiencias de vida, la belleza, la inteligencia y la bondad del lugar donde uno se formó. Es decir, un proceso que parte con la asunción espontánea y libre de la identidad cultural de origen, atraviesa por una etapa de perversión o enajenación intelectual de impronta académica, para retornar otra vez al origen, bien de manera intelectual –es decir, procurando conceptualizar el bagaje internalizado instintivamente- o bien de una manera resentida –procurando exacerbar los rasgos originales- en busca de una supuesta pureza que no suele ser más que desesperación en busca del tiempo perdido. En ese sentido toda la poesía sería lárica. Con el paso del tiempo me di cuenta que el larismo concebido como la poesía de los lares era una definición asignada a personas que habían nacido o escrito en un determinado lugar geográfico del sur de Chile y que a partir de los años 60 comenzaron a generar una comunicación propia. Entonces se empieza a identificar al lenguaje poético proveniente de esta zona como lárico, tratando de expresar, equivocadamente en mi opinión, que se trataba de una poesía ni cosmopolita, ni contemporánea, ni académica, ni urbana, es decir pre-moderna; Definición negativa, digamos. O sea, no definirlo por lo que es, sino más bien por lo que “no” es. Efectivamente. Y, por tanto, una definición inútil. Sirve más bien para asignar una cierta calidad intelectual a un grupo de personas que no viven en el centro del país, aquellos y aquellas que construyeron su visión de la contemporaneidad y su obra fuera del área metropolitana. Una suerte de discriminación intelectual por medio de un ordenamiento geográfico del panorama literario chileno. ¿Ridículo? Por cierto. Pero esa ridiculez tiene una explicación política y cultural: el etnocentrismo. La vieja historia del europeo tratando de bárbaros o salvajes a los nativos americanos o africanos, replicada mil veces en las universidades europeas o norteamericanas y reproducida de manera maniquea por quienes se forman en ellas; Por lo tanto, ves debilidad en esa definición o en el uso de esa definición. Son definiciones tentativas, pero aún incompletas. Hay autores que trabajan acá y no en el centro, cuyas obras contienen elementos distintivos que no han sido estudiados a cabalidad y por tanto esa ignorancia es sustituída por la aseveración impresionista o por elementos míticos. A veces, cuando hay pereza intelectual es más cómodo dejar las cosas en el nivel del mito. Pero si se estudiase de una manera formal y desde la dimensión básica de la cultura –que no se ha hecho- probablemente aparecerían realmente las primeras ideas sobre qué expresa realmente esta poesía, cuáles son sus elementos constituyentes y cuáles sus aportaciones válidas en la construcción de un más completo concepto de chilenidad, al menos en la poesía. Pienso que un enfoque antropológico, culturalista o semiótico nos brindaría comprensiones lúcidas en este sentido. Los métodos de análisis exclusivamente literarios no parecen suficientes para abordar el tema de la literatura chilena contemporánea. No sólo nuestra geografía, sino también nuestra historia, nuestros procesos de poblamiento, nuestra relación con la modernidad son diferentes a las del centro. Y por tanto, también lo son nuestra psicología y nuestro lenguaje. Teillier, uno de los responsables del término, pensaba estrictamente en los lugares cuyos valores sostenedores de la vida en comunidad estaban siendo avasallados por el proceso de modernización. No es una simple nostalgia por el tiempo pasado que ya no volverá, sino, como lo planteó Walter Hoefler, un grito de agonía por el tiempo “vedado”, los valores concretos que permitían una vida de integración con la naturaleza y de solidaridad social. Teillier observa que la modernidad no implica siempre una mejor calidad de vida, una concepción inteligente y afectiva de la situación vital. El observa la pérdida del tejido social que hacía posible la percepción poética del entorno y advierte sobre la incapacidad de la gente de los pequeños poblados para adaptarse al individualismo y al materialismo de los nuevos tiempos. Desde un punto de vista humano, él percibió la modernidad como un signo de decadencia y no de progreso. He comprendido su poesía como una defensa de los valores permanentes del humanismo; Quiénes serían sus principales exponentes desde tu punto de vista, si es que confías en esa definición… Me parece que la poesía contemporánea en el sur de Chile partió en la década del 60 con los trabajos del grupo Trilce; Pero sería lárica, ¿podría decirse eso? A eso me refiero, cuales serían los exponentes del larismo. He puesto mi esfuerzo en demostrar que esa definición resulta inútil en el sentido en que usualmente es comprendida. Por otra parte pienso que el problema no consiste en demostrar la falsedad de un concepto o una definición. Lo que importa es identificar los elementos constituyentes de esta poesía. Yo la definiría simplemente como poesía chilena contemporánea, matizada identitariamente por las características de esos elementos; Quiénes son los exponentes, los oficiantes, los autores láricos. He mencionado a Trilce. Esos poetas –Lara, Shopf, Cortínez, Valdés, Zaror, Hunter, Hoefler- incorporan la poesía moderna en el sur de Chile. Es decir, una poesía vinculada al sistema de comunicación globalizado de la literatura. Sólo que se escribe en la provincia, observando desde allí la contemporaneidad. Y, por lo que explicábamos antes, si vivían entonces en la provincia, su poesía fue matizada por los elementos telúricos o etnográficos o imaginativos característicos de esta zona. Un elemento muy potente acá es la naturaleza. Hay urbanidad, pero se trata de una urbanidad que no ha perdido su vínculo con la naturaleza. Entonces, esta dinámica que existe entre lo rural y lo urbano habrá de inscribirse en sus obras de una manera más o menos espontánea. Sin perjuicio de que existan autores a quienes no les guste mirar a través de la ventana y encuentren más entretenido contemplar el interior de sus cabezas. O autores que se remitan a seguir las tendencias de moda. Se dan esas variantes y me parece positivo para el clima intelectual, pero observo que, en algún momento, de alguna manera, en todos los autores se descubre una referencia a este entorno mixto, que no es otra cosa que aquello que el arquitecto Edward Rojas denomina “nuestra manera de ser modernos”; ¿Eso los convertiría automáticamente en láricos, aunque hubiese un elemento en su obra?, ¿Qué los convierte en láricos? Me imagino que te incomoda un poco el adjetivo. ¿Automáticamente? ¡No embromes! Son sólo eso, adjetivaciones. Satisfacen alguna necesidad, la de clasificar, segmentar o discriminar para controlar y poder cumplir con ciertos parámetros metodológicos a los que obliga un determinado enfoque teórico. Pero se hace con frivolidad. Se denomina la caja, pero no se examina detenidamente lo que hay dentro de ella. No sólo hay un gallo matutino cantando dentro de la caja, también hay despertadores digitales; ¿Pero cuáles serían los valores de este lenguaje? Pienso que lo que saldrá a la luz es lo siguiente: un territorio signado por cruces étnicos, históricos y culturales; una visión ecologista del mundo en un sentido amplio, esto es deseo de una integración racional de la tecnología y los sistemas sociales al paisaje y la gente que lo habita; un discurso de la interculturalidad proveniente del legado cultural indígena, hispánico y germánico evolucionando en dimensiones distintas, aunque coetáneas; un lenguaje mixturado por la tradición campesina y los conceptos de la modernidad urbana; una crítica del centralismo en tanto manifestación contemporánea del etnocentrismo colonial; una valoración del patrimonio intangible; una mitificación de los fenómenos geológicos y meteorológicos recurrentes; un imaginario surrealista espontáneo, no intelectual sino derivado de la inserción instrumental de elementos de la cultura anglosajona, nipona y nórdica en las comunidades tradicionales; ¿Y en relación con lo posibles estilos o estéticas? En términos estilísticos no hay patrones homogéneos, aunque prevalece el lenguaje coloquial y connotatitivo; remanentes de la forma estrófica escalonada evolucionando hacia la prosa regular descriptiva o la disipación estructural; búsqueda del equilibrio entre musicalidad asonante e imágenes libremente asociadas; empleo instrumental de formas arcaicas y tradicionales –zéjel, soneto, epigrama, canción- en contextos modernistas; del mismo modo, empleo de formas literarias transgenéricas (diálogo teatral, narrativa) y transtextuales (noticias, informes, oraciones, discursos orales, sentencias, leyes, publicidad, cine, etc.) en la escritura poética. Ahora bien, la distribución de los oficiantes –como tú les llamas- en el uso de una parte o todas estas modalidades, es materia del estudio que hemos emprendido con ese fin; ¿Cómo crees tú que se ha entendido lo lárico a un nivel más masivo, Porque tú me estás dando una respuesta relativamente especializada y sobre todo desde adentro…. ¿Cuál ha sido la recepción? Observo que prevalece una percepción peyorativa: “Mire, esta gente está escribiendo como ya se hizo en el pasado”. Gente pasada de moda, digamos. Como cuando el mundo era todavía rural o provinciano. Esto es autoritarismo, evidentemente. Decir todavía que lo que se escribe fuera del centro no es lo correcto, lo adecuado o lo aceptable, es una incapacidad para aceptar que la realidad de la vida y la cultura es diversa. Por otra parte, nosotros no hemos sido capaces de levantar interpretaciones y análisis alternativos, en el sentido en que lo he estado expresando. Cuando eso ocurra, nuestra situación en el sistema de comunicaciones literarias cambiará favorablemente. Al parecer hemos estado esperando que otros hagan lo que debemos hacer nosotros, lo que en cierto modo justifica el trato peyorativo hacia nuestro trabajo. Lo cierto es que no hemos sabido defender el terreno ganado. Tenemos pocos guardianes de frontera, que en los círculos desarrollados son los escritores capaces de ejercer la crítica especializada; Tiene que ver con un cierto desprecio por los valores que son, se supone, la base de esta corriente o filosofía. Desprecio por la diversidad, diría yo. Temor de aceptar el caos y la variabilidad como una riqueza. ¡Desprecio por la realidad! Porque estas ciudades, estos campos y quienes los habitan son reales ¿O no? ¿O existimos sólo como manifestación sobreviviente de un tiempo anterior ya extinguido? Pero esta discriminación no sólo es propia de la literatura. En política y en economía es aún peor. Es difícil que este estado de cosas cambie sin un cambio de paradigma para percibir la realidad del país. Si persiste es porque el modelo aún no se agota como criterio ordenador. Y no se agota porque la calidad y capacidad política de nuestros discursos son todavía insuficientes para instalarse como referente de cambio o cuando menos de expansión de la realidad; ¿Y serán suficientes en algún momento? Espero que el trabajo de mi generación eche las bases para desencadenar los procesos imaginativos, linguísticos, políticos y comunicacionales para que ello sea posible en los próximos años; ¿No consideras un poco voluntarista tu posición? ¡Por supuesto que sí! La experiencia del vivir es un acto de voluntad. Por muchas ideas y percepciones que contenga en mi cabeza, si no tengo la voluntad de escribir y comunicar, no podrían materializarse. Ahora bien, la voluntad se mueve con inteligencia, con belleza y con amor. Un solo libro bien escrito y bien comunicado logra por si solo aunar las energías dispersas y canalizarlas a favor de la continuidad del lado amable de la vida. Nada nos conviene mejor que escribir buenos libros y ejercer la crítica. Por otra parte, no tengo dudas que quienes deprecian la voluntad están de parte del statu quo. De hecho, la publicidad no hace otra cosa, todos los días, que desactivar la capacidad de las personas para tomar sus propias decisiones. El sistema literario también tiene su propio aparato publicitario que opera en el mismo sentido, en tanto órgano funcional al establecimiento.
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Torres, Antonia; Traverso, Ana (2006) Entrevista realizada en Puerto Varas y Puerto Montt en juliuo de 2006;
(c) SURALIDAD EDICIONES;